viernes, 3 de abril de 2015

PEQUEÑO CUENTO FUNEBRE




PEQUEÑO CUENTO FUNEBRE



… los muertos están en cautiverio,
y no nos dejan salir del cementerio. (Joan Manuel Serrat)




Me llamo Simon y estoy muerto.
Apenas recuerdo quien soy, ni cuanto llevó aquí, sólo sé que debo cumplir la misión enconmendada hasta que llegue mi relevo, pero llevo tanto tiempo esperando, que probablemente eso no suceda nunca
Fui el último al que enterraron en esta parcela y por ello debo mantener intacta la paz del recinto y  sus moradores. Me convertí en el guardián de los caídos.
Pero este trabajo resulta tedioso y solitario, porque todos duermen el sueño eterno menos yo. Nadie hay con el que intercambiar experiencias, impresiones o sinsabores, así que trato de matar el tiempo (intento inútil por otra parte porque todo muere menos él) paseando por el acotado espacio sembrado de blancas lápidas y árboles centenarios. Me ayuda la instrucción  recibida, un buen soldado de su majestad está entrenado para cualquier eventualidad que se presente, incluida la muerte.
Afortunadamente los tiempos cambian y este lugar que en un principio fue cobijo silencioso de tristezas y pesadumbres, ha mutado en un animado lugar de peregrinación turística, siempre hay grupos de vivos disfrutando del recinto y su historia, el silencio ha huido sustituido por conversaciones y risas alegres.
De vez en cuando hay excursiones nocturnas (los llamados Ghost Tour), y he de confesar que he contribuido activamente y en más de una ocasión a acrecentar la fama de misterio rodea al cementerio. Nada hay como una buena aparición ante entregados espectadores, eso sí el uniforme siempre impoluto y bien planchado, porque, el que no se goce de corporeidad no exime del deber de lucir con la elegancia propia de un caballero británico.
Me encanta bromear con los visitantes, que a veces aplauden risueños pensando que soy un actor representando perfectamente su papel. Pero no me gusta abusar, los guías suelen pasarlo mal cuando ven al teniente Lewis deambular por ahí,  fuera de su tumba.
Esta noche llegó un grupo de paisanos y me alegró tener noticias de la patria, estar tan alejado de ella me produce nostalgia. Pero no sólo los acentos comunes han despertado en mí cosas que creía olvidadas, y es que mezclado con la brisa nocturna me ha llegado un aroma conocido que al principio no sabía identificar, pero sí, lo he recordado, es su olor, el olor de las lilas.
Catherine tenía un pequeño piso en el extrarradio de Londres, en el que el aroma de las lilas perfumaba el aire en primavera. En el patio comunal alguien, nunca se supo quien ni cuando, plantó un árbol de lilas, y su olor se colaba por todas partes. Era su perfume favorito y casi me atrevería a decir que su esencia misma, porque su pelo y la piel, suave y blanca como una luna, atesoraban esa fragancia.
En aquellos días yo ocupaba un puesto como teniente de inteligencia, en ese departamento lleno de secretos ya estaba todo dispuesto, la invasión sería inminente. Tenía dos días antes de partir y decidí pasarlos con Cat, amaba a esa dulce chica galesa y si había de morir en la batalla me llevaría su impronta dentro del alma, sería un consuelo para mí si tuviera que dejar este mundo alejado de los míos.
Fueron los dos días más felices de mi vida, y si hubiera sabido con certeza que iba a volver le habría pedido a Cat que me esperara, acompañando mi deseo con una propuesta formal de matrimonio, pero no me atreví porque me encaminaba a Normandía y hacía un futuro incierto.
Winston Churchill, citando a Theodore Roosevelt dijo a comienzo de la segunda gran guerra: «no tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor». Él lo ofreció y nosotros lo regalamos, la batalla fue muy dura y muchos no volvimos a casa. Mi cuerpo acabó tenido en medio de un camino enlodazado, sin poder moverme ni abrir los ojos ¿Quién podría ayudarme?
Cat no volveré a verte, pero doy gracias a Dios porque tu aroma sigue conmigo, eso me tranquiliza.
Fui el último al que sepultaron en este cementerio militar de Normandía y debo cuidar de mis compañeros, pero aunque las visitas de los vivos me hacen más llevadera mi misión estoy cansado y necesito partir con los que ya se fueron. ¿Cuándo vendrá mi relevo?
El aroma de las lilas me hace seguir tu rastro, ¡Catherine has venido!
Ella está al otro lado de la puerta del cementerio y me hace señas para que vaya a su encuentro, lo intentaré aunque sé que no puedo salir de aquí. Me detengo delante de la verja que de repente se abre y deja que la traspase, ella vuelve a llamarme me acerco y la beso, «vamos llegó la hora» me dice con dulzura, la tomo de la mano y caminamos por el sendero hacia la paz eterna.
Aquella noche me tocó ser la guía de un grupo de turistas británicos amantes del misterio y las leyendas. Como otras veces el fantasma del Teniente Simon Lewis volvió a pasear por entre las lápidas de los soldados caídos en el desembarco de Normandía.  Caminaba despacio mientras fumaba uno de esos cigarrillos ingleses de aroma penetrante que parecían gustarle tanto. Los visitantes entre la incredulidad, la emoción y el espanto ni siquiera reaccionaron. Pero aquella vez hubo algo distinto, súbitamente un penetrante olor a lilas lo invadió todo, algo muy extraño porque estamos en invierno y no hay plantas de lila cerca. Además, el Teniente no se desvaneció como de costumbre tras pasar por delante de la fila de turistas, sino que siguió caminando hacia el exterior del cementerio donde le esperaba una joven ataviada con ropas antiguas, como las que usaban las mujeres en los años cuarenta. Una vez que llegó a su lado la tomó en sus brazos y la besó apasionadamente, seguidamente caminaron cogidos de la mano por el sendero hasta desaparecer de nuestra vista. Nunca más volvimos a ver su espíritu deambulando por la necrópolis, ni a oler el humo de su  tabaco inglés.

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