lunes, 13 de abril de 2015

Su manera de amar







Su manera de amar


Por Liana Castello -

Atrás habían quedado los días en los que él le decía cosas que ella deseaba escuchar, necesitaba escuchar.


Los comienzos de su relación habían sido felices, plenos de hermosas palabras dichas y escritas también. Con el devenir de los años, esas palabras se habían ido esfumando hasta desaparecer.


Muchas veces ella se preguntó si él la seguía amando y otras tanto –cuando encontraba coraje- se lo preguntaba.


Él le respondía sorprendido, como si fuese una pregunta que no hiciera falta hacer. Sin embargo, para ella sí era necesario preguntar y más necesario aún, escuchar la respuesta que él tuviese para darle.


Los años juntos habían tenido sus vaivenes, pero siempre se habían mantenido unidos, a pesar de los silencios.


Muchas veces, el día a día no daba lugar a las palabras o a las expresiones de amor. Pasaban el tiempo entre quehaceres y obligaciones, hijos que criar, cuentas que pagar y cada día terminaba con ese silencio que cada vez, se le hacía más doloroso.


¿En qué momento se habían callado las palabras? ¿En qué momento el silencio lo había devorado todo?


Hacía tanto tiempo de esos tiempos que ella recordaba, que en algún momento comenzó a pensar que su memoria la estaba traicionando. El tiempo suele ser piadoso con los recuerdos y les da un color que tal vez nunca tuvieron. Y así como se recuerda mejor a ciertas personas cuando ya no están, ella temía estar recordando ese amor mejor de lo que había sido en realidad.


El amor va cambiando sus formas así como las personas vamos mutando con el tiempo. Y así como cada uno de nosotros somos siempre nosotros, por diferentes que el tiempo nos haga, el amor puede ser siempre el mismo, aunque se exprese de una manera diferente.


Ella estaba tan empeñada en “escuchar” que no se daba cuenta de las cosas que tení


que “ver”

Y a él no le era fácil hablar de sus sentimientos, pero no le era difícil demostrarlos con hechos.


No era su costumbre comprarle flores, pero cada mañana, antes de irse a trabajar, le dejaba un té preparado tal como a ella le gustaba. No solía preguntarle por su trabajo, pero podía pasar horas ayudándola con algo que le costase resolver. Casi nunca la elogiaba, pero tampoco pretendía que se pusiera linda para él, precisamente porque él la quería así como era, sin maquillaje.


Cierto día, ella subió al auto y se dio cuenta que él había sintonizado la radio que ella siempre escuchaba en su casa, desde hacía años, la única en realidad. Una radio que a él no le gustaba demasiado. Ese simple gesto le llamó la atención y desde ese día, cada vez que subía al auto, “escuchaba” esa hermosa demostración de amor. El ponía para ella esa radio cuando viajaban juntos.


Se detuvo a pensar entonces cuántas tazas de té él le había dejado preparadas, cuántas veces había dejado de hacer lo que estaba haciendo para ayudarla con su trabajo, cuántas veces le había dicho te amo sin decírselo.


Desde ese día, el silencio empezó a dolerle un poco menos, encontró palabras en los hechos, encontró “te quieros” en gestos simples e inmensos a la vez.


Y hubo un maravilloso día en que ella volvió a sentirse querida, un inolvidable día en el que no dudó de sus sentimientos, porque por fin entendió en su corazón que más allá de los silencios, él se expresaba con esos gestos amorosos y que ésa, ni más, ni menos que su manera de amar.


Y aprendió lo que debió saber siempre, que hay muchas formas de amar e infinitas otras de decir te quiero.


Fin















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