martes, 9 de junio de 2015

la cajita de música

LA CAJA DE MÚSICA





El ensordecedor ruido de la persiana anuncia que es la hora que la tienda de antigüedades abre sus puertas al público. El dueño, tan viejo como su mercancía, se abre paso entre cantidad de cachivaches antiguos: baúles, máquinas de coser, vajillas de porcelana, muñecas, marionetas, fotografías...

Cada uno de esos objetos guarda el alma de sus antiguos propietarios, todos esperan ser rescatados del más absoluto de los olvidos, apilados unos contra otros, como si de un campo de exterminio se tratara.

La cajita de música sigue siendo una diva a pesar de su venida a menos. Su propietaria durante muchos años, perteneciente a una familia de rancio abolengo, alimentó su vanidad, la acostumbro a que la admiraran por su fina marquetería que la adornaba y por los dulces sonidos que de ella emanaban. El personal de servicio la zarandeaba un tanto bruscamente para limpiarla pero en realidad nunca nadie la trato con cariño.

Cuando su dueña falleció, fue considerada sólo como una parte más del mobiliario, ninguno de sus herederos le dio el más mínimo valor, ni consideraron que era necesaria ya su presencia en esa casa.

La cajita se sintió despreciada, pero su orgullo la llevaba a observar con frialdad cada día a la gente que entraba y salía de la tienda, segura de saber reconocer quien sería digno de llevarla a su casa.

De pronto observó con horror las manos que la recogían cuidadosamente del estante… “es imposible que El se quede conmigo”- pensó. No tiene pinta de tener un palacete ni nada por el estilo, se dará cuenta en seguida que no esta a mi altura y me volverá a dejar en la repisa.

Cuando quiso darse cuenta el dueño de la tienda la envolvió cuidadosamente y se la entregó a quien a partir de ahora para su horror, seria su nuevo propietario.

Vivió con angustia el viaje hacia su nueva casa, los prejuicios que el alma de su anterior dueña le había inculcado la atenazaban. Cuando por fin llegaron a su nuevo hogar, las sensaciones que tuvo a partir de ese momento la fueron transformando día a día.

Nunca nadie la cogió con tanta delicadeza como aquellas rudas manos. El mismo la restauró con esmero, arregló su maquinaria para que su dulce melodía volviera a sonar en la más perfecta armonía. Sus manos eran cálidas, su casa era un hogar auténtico para ella.

La bajó de aquel pedestal que había sido su anterior vida; su sitio ya no era un escaparate de cada a la galería, a partir de ese momento lució como nunca desde la sencillez de su dueño, quien le ofreció una visión diferente de la vida. Por primera vez no se sintió como una cajita de música sin vida. 












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